(Multimedia) Opinión de invitado: Lo que aprendí de Yiwu, una ciudad que transformó millones de vidas, desde los campos agrícolas hasta la fábrica del mundo
Por Lucero Itziar Carreón Espinosa
Hace tres años tuve la oportunidad de visitar Yiwu y debo reconocer que llegué con una idea completamente distinta de lo que encontraría. Pensé que visitaría enormes bodegas industriales o grandes centros de distribución llenos de mercancías mal acomodadas. Imaginaba algo parecido a las calles del centro histórico de la ciudad de México.
La realidad me sorprendió profundamente. Lo que encontré fue algo difícil de describir hasta que se vive personalmente. Era una especie de ciudad dentro de otra ciudad. Edificios gigantes que, por momentos, parecían centros comerciales especializados. Pasillos interminables donde cada sección parecía tener vida propia.
Recuerdo caminar y encontrar áreas enteras dedicadas exclusivamente a pinturas para uñas y accesorios de belleza; después otros espacios dedicados a muñecos y juguetes; luego herramientas, ventiladores, bolsas, artículos decorativos, textiles, electrónicos y miles de productos más. Avanzaba y seguían apareciendo productos nuevos, hasta llegar a algo que terminó de sorprenderme: ¡automóviles por mayoreo! En mi mente decía: “¿Cómo es posible que aquí exista prácticamente de todo?”.
De pronto, surgió la pregunta: “Amigo, amigo ¿cuántos necesita y en dónde los quiere?”. Y entonces inicia una maquinaria perfectamente coordinada: el producto se fabrica o se consolida, se prepara el empaque, se añade la documentación, se agrupa la carga y se organiza el transporte.
Y, prácticamente desde ese momento, comienza un recorrido de miles de kilómetros hasta llegar a cualquier lugar del mundo. En ese instante comprendí algo importante: no estaba viendo un mercado, estaba viendo un ecosistema económico completo funcionando frente a mis ojos. Y quizá ahí comenzó una pregunta que me ha acompañado desde entonces: ¿Cómo llegó Yiwu a convertirse en algo así?
La respuesta es fascinante porque hace apenas unas décadas la realidad era completamente distinta. En los años 80, Yiwu era una región agrícola relativamente pobre. Para muchas familias, su destino era el campo y las oportunidades eran limitadas. La vida seguía ciclos que parecían repetirse generación tras generación.
Sin embargo, algo cambió. Con las reformas económicas, los planes quinquenales y una visión de largo plazo, comenzaron a abrir espacios para que los agricultores se volvieran pequeños comerciantes, pudieran vender, emprender y crecer. Lo admirable es que el desarrollo no inició construyendo grandes compañías, sino permitiendo oportunidades.
Un agricultor podía convertirse en comerciante, un comerciante podía convertirse en fabricante, un pequeño taller podía convertirse en empresa y una empresa familiar podía convertirse en exportadora global. La movilidad económica dejó de ser una aspiración para convertirse en una realidad posible. Y esa quizás es una de las mayores enseñanzas: el desarrollo económico no consiste únicamente en construir infraestructura o mejorar indicadores. El verdadero desarrollo genera oportunidades, transforma vidas, saca a millones de la pobreza.
Pero existe algo más que llamó profundamente mi atención y que explica gran parte del éxito chino: la forma en que entienden el crecimiento. En muchos lugares solemos observar al empresario de al lado como un competidor. En Yiwu, muchas veces el empresario vecino forma parte de tu propia cadena de valor: uno fabrica componentes, otro produce empaques, otro diseña, otro comercializa, otro se encarga de la logística, otro exporta y todos crecen juntos.
Existe una comprensión muy profunda de que una industria fuerte requiere cooperación. No significa ausencia de competencia; existe una enorme competencia. Pero también existe una visión colectiva que entiende que cuando un ecosistema crece, las posibilidades para todos también crecen. Y cuánto tenemos que aprender de ello.
Existe además otra percepción equivocada: pensar que China solo produce grandes volúmenes a bajo costo. Después de recorrer Yiwu, comprendí algo muy diferente. Detrás de esa capacidad existe una enorme disciplina, preparación y una cultura permanente de aprendizaje.
Los fabricantes no solo escuchan al cliente, sino que también se anticipan y aprenden rápidamente, adaptan diseños, mejoran procesos, incorporan tecnología y trabajan con constancia para aumentar calidad y reducir tiempos. La innovación no siempre llega mediante un gran descubrimiento tecnológico. Muchas veces llega mediante miles de pequeñas mejoras acumuladas cada día.
Y quizá por esto China es y seguirá siendo durante muchos años la fábrica del mundo, porque detrás de cada producto de origen chino hay una visión para pensar a largo plazo, construir comunidad y un futuro compartido.
(Lucero Itziar Carreón Espinosa es presidenta de la Comisión de Vinculación y Comercio Estratégico con la República Popular de China y otros Países Asiáticos de la Cámara Nacional de la Industria de Transformación [Canacintra])
(Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente la postura de la Agencia de Noticias Xinhua)



