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GOBIERNO DE CALIDAD/ Confesiones de un rector

Por Jorge Manrique, Rector del Colegio Jurista y director general de Gobierno de Calidad

Preparar a los alumnos para el futuro no es un acto administrativo: es una acción moral. Y en esa tarea, uno carga certezas, temores, luces y sombras que rara vez se confiesan.

Así, temo que el mundo avance más rápido que nuestras aulas, que la velocidad de la tecnología eclipse la profundidad del pensamiento y que los alumnos salgan con títulos impecables pero sin brújula, sin esa orientación íntima que les permita sostener una vida y no solo una carrera.

Temo que la educación se vuelva un trámite. Que la universidad se convierta en un edificio que certifica, pero no transforma y la formación se reduzca a competencias técnicas sin humanidad.

Y temo, sobre todo, que la fractura social se infiltre en nuestras instituciones: que los jóvenes aprendan a competir sin aprender a cuidar, que sepan ganar sin saber acompañar y que sepan producir sin saber vivir.

A pesar de todo, tengo certezas que no se mueven.

Sé que la educación transforma. A veces de manera silenciosa y otras de manera fulminante.

He visto alumnos que llegan inseguros y salen luminosos. Vidas que se enderezan por una conversación, por un gesto de dignidad o por una clase que abrió una ventana.

Sé también que el futuro no se enseña: se acompaña.

No puedo preparar a los alumnos para lo que aún no existe, pero sí ayudarlos a no quebrarse cuando llegue.

También sé que la ética es más importante que la técnica.

Un alumno con valores sólidos puede aprender cualquier herramienta; uno sin ella puede destruir cualquier institución.

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Sé que la humanidad es el verdadero currículo. La sensibilidad, la presencia, la responsabilidad y la compasión son competencias del siglo XXI, aunque no aparezcan en los programas.

Me sostienen los alumnos que florecen. Los que descubren su voz. Los que encuentran su lugar en el mundo. Ellos son la prueba de que vale la pena seguir.

Me sostienen los profesores que enseñan con el alma. Los que no humillan. Los que acompañan. Los que creen en la educación como acto de servicio público.

Me sostiene la convicción de que la universidad es un refugio. Un lugar donde pensar todavía es posible. Donde la prisa se detiene y donde la inteligencia se vuelve comunidad.

Un rector que prepara a sus alumnos para el futuro no es un administrador: es un guardián del porvenir. Su tarea no es enseñar contenidos, sino proteger la posibilidad de que cada alumno se convierta en sí mismo. Y en sus confesiones más íntimas, reconoce que el futuro no se construye con certezas, sino con valentía.

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