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GOBIERNO DE CALIDAD/ Las emociones en el aula

Por Jorge Manrique, Rector del Colegio Jurista y director general de Gobierno de Calidad, consultoría de políticas públicas

La neurociencia, la pedagogía crítica y la experiencia cotidiana coinciden en que no existe pensamiento sin emoción. La disociación fue una ficción útil para ciertos modelos industriales de educación, pero no responde a cómo aprende un ser humano real.

Así, integrar emociones no es “suavizar” la academia, es hacerla más precisa, porque permite mayor retención de información, motivación intrínseca, capacidad de análisis complejo y creatividad y pensamiento crítico.

La emoción es un amplificador cognitivo, no un obstáculo. Entonces deben diseñarse prácticas pedagógicas que convoquen la subjetividad.

Algunas prácticas concretas incluyen aperturas emocionales breves. Se requiere un minuto para nombrar el estado interno: “Hoy llego con…”, “Hoy necesito…”, “Hoy me acompaña…”.

No es terapia, es generar un contexto cognitivo.

Se requieren además anclajes simbólicos: Un objeto, una imagen, una frase que abra el tema desde lo sensible. Esto crea puentes entre lo abstracto y lo vivido.

Es conveniente, también impulsar el uso de micro-narrativas: Pedir a los estudiantes que relacionen un concepto con una experiencia personal o cultural. Esto transforma la teoría en territorio propio.

Otra práctica para que las emociones ingresen al aula es establecer cierres rituales: Una palabra que resuma el aprendizaje del día, un gesto de agradecimiento o una pregunta que quede vibrando.

Cuando se pretende que las emociones conformen la experiencia pedagógica se debe enseñar a regular, no a reprimir

La universidad suele pedir “neutralidad emocional”, pero lo que necesitamos es alfabetización emocional: Nombrar emociones sin juicio, reconocer cómo afectan la atención y la memoria, aprender estrategias de regulación (respiración, pausas, reencuadres)

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Entender, en suma, que la vulnerabilidad puede ser una herramienta epistemológica Esto no debilita la academia; la vuelve más humana y ética.

Ahora, es conveniente integrar la emoción en el análisis, no solo en la convivencia. Aquí está la clave para que no parezca “extra” o “blando”. Se requiere analizar cómo las emociones moldean discursos, decisiones, políticas y narrativas. Estudiar casos donde la emoción es motor de innovación o conflicto y explorar la dimensión afectiva de conceptos como justicia, poder, memoria e identidad.

La emoción se vuelve objeto de estudio y se requieren crear espacios de acompañamiento ético: Escuchar sin invadir, acompañar sin dirigir, sostener sin absorber y nombrar sin imponer. Esto genera un aula donde el pensamiento se expande porque el cuerpo se siente seguro.

Necesitamos implantar prácticas como realizar un ejercicio de respiración antes de un debate complejo, asumir que un aroma o sesión puede abrir la sesión, asumir que un gesto simbólico es la transición para pasar de la teoría a la práctica y que se requiere un mapa visual que conecte conceptos con emociones. La ceremonia no se conceptualiza entonces como adorno sino como tecnología pedagógica.

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