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FILANTROPÍA/ Dar como acto de autoconstrucción

Por Felipe Vega, fundador y director general de CECANI Latinoamérica, empresa de capacitación para asociaciones civiles y otras figuras no lucrativas

Cuando damos tiempo, escucha, conocimiento, cuidado, recursos…ocurre algo profundo:

nos vemos a nosotros mismos desde nuestra mejor versión. Ese espejo interno fortalece el autoconcepto porque nos confirma que somos capaces de generar impacto, recuerda que tenemos algo valioso para ofrecer. conecta con nuestra agencia y no desde la carencia.

Asimismo, logra situarnos en un lugar de abundancia emocional y percibir que dar no es sacrificio sino identidad en acción.

Cada acto de compartir es una forma de decir: “Mi existencia tiene sentido para otros”.

Ahora, psicología positiva, filosofía moral y espiritualidad coinciden: la felicidad no es un estado interno, es un estado relacional.

Entonces, cuando damos se activa el circuito de recompensa (dopamina) y al unísono se fortalece el sentido de pertenencia, disminuye la sensación de aislamiento y aumenta la percepción de propósito.

Pero más allá de la biología, hay algo más sutil: dar nos recuerda que no estamos solos, que somos parte de una trama que sostiene la vida emocional.

Es decir, dar es un puente entre mundos internos, el gesto que convierte lo privado en común y honra la existencia del otro.

Dar es el recordatorio sutil de que la vida es intercambio, no acumulación. Cada vez que damos, hacemos un pequeño rito de reconocimiento mutuo.

En las organizaciones, cuando el acto de dar se vuelve cultura, ocurre una revolución silenciosa que cambia la identidad colectiva y la empresa deja de ser un engranaje y se convierte en una comunidad. Entonces, las personas se ven como co-creadoras, no como piezas.

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Paralelamente aumenta la confianza porque dar sin esperar algo inmediato a cambio, genera un clima de seguridad psicológica y la confianza incentiva la innovación.

Dar también fortalece la colaboración. Cuando compartir es norma, el conocimiento fluye y las ideas se vuelven patrimonio común, no propiedad privada.

Al mismo tiempo se reduce la ansiedad. Entonces las culturas de apoyo disminuyen la sensación de amenaza, la gente se atreve más y aprende más rápido. También se construye una ética del cuidado donde las organizaciones dejan de ser máquinas y se vuelven ecosistemas y el bienestar deja de ser un beneficio y se vuelve un principio.

En suma, cuando una organización adopta la generosidad como principio se vuelve más resiliente, atrae talento más consciente, reduce los conflictos internos, aumenta la innovación, construye reputación ética y se vuelve una forma de liderazgo que transforma desde la raíz.

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