(Multimedia) Especial: Una reunión en Maowusu arraigada en la amabilidad de un estadounidense y forjada por el valor de una agricultora china
HOHHOT, 24 ago (Xinhua) — Durante más de 25 años, un maestro estadounidense jubilado y una mujer china que combatía la desertificación han vivido en lados opuestos del Pacífico vinculados por viejas fotografías, un diario y un bosque. El domingo, finalmente volvieron a reunirse en persona.
Ronald Sakolsky descendió de una escalera en un aeropuerto en Ordos, en la región autónoma de Mongolia Interior, en el norte de China. Con la mano derecha se enjugó las lágrimas y con la izquierda sostenía un ramo de flores.
Al final de la escalera se encontraba Yin Yuzhen, una mujer que pasó más de cuatro décadas sacando vida verde de Maowusu, la cuarta zona arenosa más grande de China. El breve descenso por la escalera fue el último tramo antes de un muy esperado abrazo, 26 años después de su primera reunión en persona.
Su amistad comenzó en 1999, cuando Sakolsky enseñaba inglés en una escuela de la provincia china central de Henan, a más de 11.000 kilómetros de su hogar en Pittsburgh, Pensilvania, como parte de un programa de intercambio de profesores entre los dos países.
Una noche cualquiera, un programa de televisión llamó su atención. En la pantalla se veía a Yin, sembrando árboles para ayudar a contener el avance de las arenas del Maowusu.
El Maowusu se extiende por partes de Mongolia Interior, Shaanxi y Ningxia y se ha convertido en uno de los frentes del combate de China contra la desertificación en el norte del país: un esfuerzo emprendido en 1978 y programado para continuar hasta 2050.
Pero para Yin, el combate contra las arenas no era un esfuerzo nacional abstracto. Durante estos años, una noche de fuertes vientos podía dejar la entrada de su refugio cerrada por la arena. Había arena en la comida, suciedad en el agua y nada más que ver kilómetros de un paisaje amarillo cambiante que se extendía a todas partes.
Hasta 1999, Yin había sembrado árboles en alrededor de 30.000 mu (unas 2.000 hectáreas) de tierra estéril, una superficie equivalente a alrededor de 2.800 campos de fútbol estándar.
“Estaba tan conmovid que empecé a llorar”, recordó Sakolsky, al rememorar esa noche. “Honestamente, no puedo decirles por qué. Simplemente algo me sucedió. Sentí que necesitaba ayudar”.
En los siguientes dos meses, Sakolsky contactó a más de una docena de organizaciones de todo Estados Unidos. Una organización benéfica con sede en Boston aceptó darle una subvención de 5.000 dólares.
En ese momento, la donación fue una suma asombrosa para Yin, suficiente para construir una casa, cubrir el costo de criar a sus hijos y darle a su familia un estilo de vida diferente. Pero Yin gastó todo en árboles jóvenes y sólo se quedó con un billete como recuerdo.
En mayo de 2000, Sakolsky tomó un tren desde Luoyang, Henan, y luego cambió a otro vehículo, en un camino lleno de sacudidas hasta la zona de arena para ver los árboles jóvenes con sus propios ojos.
Más tarde describiría el paisaje como desolador: “No había carreteras, ni árboles ni casas. Sólo pasábamos por una duna tras otra”.
Luego vio a Yin. “Salió de un agujero”, dijo Sakolsky. Ninguno de los dos podía hablar el idioma del otro y dependían completamente de gestos y sonrisas para comunicarse. Yin mostró a Sakolsky cómo sembrar.
Para Sakolsky, los árboles jóvenes se veían tan frágiles que pensaba que nunca podrían crecer más allá de la altura de sus rodillas. En lo más profundo de su ser no podía entender cómo ese pedazo de arena podría convertirse en un bosque y le dijo claramente a Yin: “Esto es imposible”.
Sakolsky regresó a su país meses después y perdieron el contacto. Por todo el Pacífico, el estadounidense contó constantemente a sus estudiantes sobre una mujer china que intentaba enverdecer un desierto. En China, cada vez que Yin conocía a un estadounidense, sacaba una vieja fotografía de Sakolsky y preguntaba si sabían cómo podía contactarlo.
RECONECTADOS EN LÍNEA
Durante años, la búsqueda de Yin fue infructuosa hasta que un video y una publicación en redes sociales lograron lo que años de búsqueda no habían podido lograr.
En mayo de este año, Yin se paró frente al bosque que pasó décadas cuidando, mostrando el viejo dólar que había guardado del dinero que Sakolsky recaudó. Miró hacia la cámara y dijo: “Sr. Sakolsky, si usted ve este video, lo invito a regresar a China para que vea el bosque que sembramos con el dinero que nos envió”.
El llamado se viralizó rápidamente en línea. En cuestión de horas empezaron a llegar mensajes a Sakolsky en forma de correos electrónicos y textos de extraños que le contaban de una mujer china que lo estaba buscando. Menos de 26 horas después de que Yin publicó el video, lo encontraron. Los dos reconectaron después en línea.
A esto siguió un intercambio de fotografías y videos. Por primera vez, Sakoslky vio que los árboles jóvenes que alguna vez consideró demasiado pequeños habían hecho la diferencia: un bosque de más de 50.000 árboles.
“Asombroso. Absolutamente asombroso”, dijo.
UN SUEÑO HECHO REALIDAD
Al llegar a Beijing en las primeras horas del domingo pasado, Sakolsky recibió pasteles de la luna enviados por Yin, un símbolo tradicional de reunión, y tomates cultivados en la tierra arenosa. Sakolsky tomó un vuelo hacia Ordos esa tarde.
“Este es un sueño hecho realidad para una mujer que es la heroína de la historia”, dijo a reporteros reunidos en torno a ellos en el aeropuerto local.
“Nunca pensé que la volvería a ver”, dijo Sakolsky. Para él, esta visita lo hizo comprender el poder una cultura que cumple sus promesas. Yin había prometido que los árboles jóvenes echarían raíces y crecerían, y ese día pudo regresar a verlo por sí mismo.
Actualmente, incluyendo los árboles financiados por los esfuerzos de Sakolsky, Yin y su familia han sembrado árboles en 70.000 mu, un área equivalente alrededor de 6.500 campos de fútbol estándar. Los álamos, los arborvitae orientales, las píceas y los pinos silvestres de Mongolia ahora se agitan con el viento mientras las aves trinan.
Las cifras oficiales muestran que alrededor del 85 por ciento del Maowusu ha sido restaurado. Entre 2021 y 2025, China representó cerca de una cuarta parte del incremento de vegetación verde a nivel mundial y logró rehabilitar alrededor de 152 millones de mu de tierra desértica.
Cuando recaudó el dinero en 1999, Sakolsky no esperaba nada a cambio.
“Uno no puede dar algo y esperar algo cambio”, dijo a Xinhua. “Recaudé el dinero porque quería agradecer a China y deseaba ayudarla a ella a volver a China un poco más hermosa. Eso es todo”.
La tarde del lunes, Sakolsky caminó sobre una alfombra de hojas caídas mientras Yin lo dirigía a un álamo alto y robusto, de más de diez metros de altura, en una arboleda nombrada en su honor.
Sakolsky difícilmente podía creerlo. Este era el árbol que Yin y él sembraron hace 26 años. En ese entonces, el joven árbol no era más ancho que un dedo y era mecido por el viento como si pudiera ser devorado por la arena en cualquier momento.
“Sembré un árbol de la amistad en Mongolia Interior”, dijo Sakolsky.
AMISTAD DURANTE GENERACIONES
Para dar la bienvenida a Sakolsky, más de una docena de miembros de la familia de Yin vinieron de distintos lugares para estar presentes en la reunión. En la entrada colgaban chiles rojos y las paredes estaban decoradas con pequeñas calabazas, mientras el patio lucía barrido.
“Le pedí a mis hijos que regresaran debido a que espero que la amistad entre nuestras dos familias perdure a través de generaciones”, dijo Yin. “Deseo que mis hijos y nietos lo recuerden”.
Para Sakolsky, la reunión con Yin y su familia se trata de algo más que un bosque. Es un recordatorio de que ningún acto de amabilidad, sin importar lo pequeño que sea, se desperdicia nunca. En el momento adecuado, un pequeño acto puede echar raíces, extenderse y convertirse en algo que nadie hubiera imaginado.
La historia de Sakolsky y Yin suma otra página a la larga historia de buena voluntad entre los pueblos de China y Estados Unidos, desde los pilotos voluntarios estadounidenses que lucharon junto con las fuerzas chinas durante la Segunda Guerra Mundial hasta la visita histórica de un equipo de tenis de mesa estadounidense a China en 1971 y, más recientemente, décadas de espectáculos de la Orquesta de Filadelfia en el país.
“Ya sea que uno sea chino o estadounidense, todos amamos a nuestras familias, todos amamos la vida y todos amamos la Tierra”, dijo.



