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Colaboradores Lo Que Cuentan Otros Martes de literatura

MARTES DE LITERATURA: CUENTO DEL VIEJO Y EL GRAN PEZ

Raimundo López Medina
“Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.
Ernest Hemingway (El viejo y el mar).
No debí matarlo –pensó el viejo y se acomodó nuevamente sobre las sábanas podridas y los periódicos antiguos de su humilde cama. En ese momento, no pudo precisar si lo pensó o lo dijo. Sencillamente, eso no era importante. De todas formas, nadie lo iba a escuchar; tal vez, decirlo en alta voz era una forma de acompañarse a sí mismo, en la soledad de su pobre casa, cuando un dolor nuevo le subió desde abajo del esternón y le lastimaba la garganta.A lo mejor es que yo también voy a morir –pensó o se dijo, sin entender la angustia que le estaba derrumbando el pecho sobre el corazón.
Se dio cuenta, o lo intuyó, en la madrugada llena de dudas, que la pesadumbre no le venía del temor a la muerte, sino de morir olvidado sobre un montón de papeles viejos y escupiendo sangre. Quizás, tampoco por esa razón. Más tarde o más temprano, su esposa regresaría desde la casa de alguna de las hijas del matrimonio, para darle la compañía silenciosa con la cual habían vivido a lo largo de tantos años.

Ojalá –se dijo-, él me hubiera matado, porque ahora estuviera paseando su cuerpo recio como un rey invicto. Me da vergüenza que quien haya sobrevivido haya sido yo y ahora esté postrado en esta cama como un viejo inútil.
La sensación de pesadumbre y abatimiento le había llegado después que los tiburones le arrancaron pedazo a pedazo, el gran pez que le obligó a pelear más de un día para capturarlo. No era siquiera lástima por sí mismo –ese era un lujo que la vida nunca le permitió-, sino por el pez, un sentimiento que no recordaba haber tenido en ningún otro momento. De manera vaga, el viejo intuyó que un animal tan hermoso debió haber tenido otro destino.
El anciano se acomodó en el camastro y fijó los ojos en el techo de guano de la precaria vivienda.

No es justo que alguien que va a morir haya matado tanta vida –afirmó el viejo para sí y dejó que las lágrimas bajaran sobre la piel arenosa del rostro, hacia la sábana, amarillenta y rota en numerosas partes.
Dejó que la sensación de tristeza lo abarcara, se extendiera por todo su cuerpo, porque sabía que iba a pasar cuando la luz del día lo volviera a poner frente a la vida.

¡Qué Dios y la Virgen me perdonen por haberlo matado! –dijo en voz alta, cuando cesó el llanto.
La presencia intangible de Dios le hizo bien y el derrumbe del pecho cesó. El sabe porqué lo hice, pensó, con alivio.

Lo malo no fue matarlo, pues fue una pelea limpia y él también pudo hacerlo… Lo malo fue no poder defender su cuerpo de esos hijos de puta.
Sintió, de nuevo, como si el peso del pecho le aplastara el corazón y el dolor atenazarle la garganta.

Él sabe que lo defendí cuánto pude.
Esas últimas palabras lo volvieron a reconfortar y la dolorosa pesadez desapareció del pecho y la garganta. Giró el cuerpo hacia el lado derecho y durmió profundamente hasta el amanecer.
Cuando se despertó, una débil claridad penetraba por las rendijas de las paredes de tablas y entorno a la casa, revoloteaban los gorriones. Los ruidos del pueblo llegaban acompañados por el suave rumor de las olas en la pequeña playa.

Viejo, hay que empezar otra vez con lo que hay –dijo, de mejor ánimo y sin recordar sus preocupaciones de la madrugada.
Se incorporó pesadamente y se sentó en el camastro, donde había permanecido desde que regresó, salvo en las pocas veces que se levantó para orinar o masticar un poco de la comida que él mismo se había preparado.
Salió al exterior de la casita y observó el paisaje. Más allá de las casas de los otros pescadores, bajando la loma, estaba la pequeña bahía y, entre los árboles a las orillas del río, asomaba un sol rojo, como un huevo frito, envuelto en unas nubes largas y finas.
Se dio cuenta que amaba aquel paraje más que a cualquier otro. Había una belleza especial en todo: la pequeña entrada de mar, el río, de aguas como café con leche y que, en época de crecidas, arrojaba al centro de la bahía plantas traídas desde muy lejos, y en la luz de los rayos del sol atravesando la neblina del amanecer, sobre las aguas quietas.
“Un día así, tiene que ser un día de suerte”, pensó, frente al paisaje, desde las lomas de Cojímar.
Fue un instante de iluminación –despejadas las dudas por la claridad del sol- y disfrutó el aire fresco –casi frío- de la mañana golpearle el rostro. Aspiró largamente, como si fuera el
único hombre en aquel escenario, hasta que las miserias de la vida le devolvieron a la realidad.
Fue un tránsito rápido y elemental: el encogimiento del estómago casi vacío y el cansancio repartido por todas sus articulaciones, le advirtieron que debía ocuparse nuevamente de sobrevivir.
Paseó la vista por la bahía y luego dirigió su mirada al mar abierto, donde muchos de los pescadores del poblado estarían trabajando a esa hora; no obstante, no alcanzó a ver a alguno de los botes. En la bahía, en el lado oeste, en el pequeño muelle de madera, estaba atracado uno de los yates de turistas que más frecuentaba el lugar.

Si tuviera uno como ese, esos hijos de puta no lo hubieran ni tocado –dijo.
Fue entonces cuando volvió a pensar en el gran pez. Lo recordó precisamente cuando asomó por primera vez su cuerpo enorme desde lo profundo de las aguas y durante su desfile majestuoso cerca del bote. ”No habrá nada que se le iguale”, pensó el viejo con algo de orgullo. “Tal vez en ese momento, cuando estábamos empatados y decididos cada uno a seguir hasta el final, fue cuando debí soltarlo”, siguió meditando. “Era como un duelo de honor y yo no sabía que no lo podría defender después de los tiburones”, concluyó.
Volvió a observar el paisaje, pero sin sentir nada especial.

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Es que la mala suerte se contagia –dijo, nuevamente en alta voz.
“Tenía que estar yo salao para que él pasara cerca de mis trampas”, pensó después. “Parecía una gran suerte para mi que él tragara mis anzuelos y muy mala suerte para él, pero al final, ninguno de los dos ganó nada, más bien, perdimos los dos”.

Pero el perdió más que yo –dijo.
A esa hora temprana de la mañana pasaban cerca de la casa los empleados de la fábrica de aceite de tiburón, ubicada cerca de la desembocadura del río. El viejo se dio cuenta que en la mayoría de los saludos había una mezcla de admiración y lástima por él.
Hacía dos noches que había regresado con el esqueleto del gran pez y la noticia de su batalla se había extendido por el pueblo. Sin embargo, él sólo había contado la historia, en
breves trazos, a uno de sus amigos pescadores. “Usted sí que es un hombre”, le había asegurado este. “Hombre”, en el duro lenguaje de los pescadores, era el máximo calificativo que podía aspirar cualquier ser humano. Era una forma de decir que uno no es cobarde, sino capaz de enfrentar todo sin temor, y ser limpio y recto. O de hacer lo correcto, sin miedo, en todo momento.
En su interior, el viejo agradeció las palabras de su amigo y, más allá de su humildad, se sintió orgulloso.
Era lo único gratificante que tenía esa mañana. La batalla, primero con el gran pez, y luego con los tiburones, lo había dejado no sólo deshecho físicamente a él, sino a parte importante de sus utensilios de pesca, es decir, casi todo cuanto tenía para sobrevivir.
Entró nuevamente a la casa y se dejó caer en el camastro.
Sin pensar en nada, se acostó y se mantuvo así, dormitando a ratos, dejando correr el tiempo. Sólo varias horas después se decidió a iniciar el día.

Hay que empezar con lo que tenga –se dijo, más allá del mediodía, cuando la sensación de hambre era insoportable. Entonces, decidió bajar al pueblo a buscar algo de comer. “Quizás en La Terraza me fíen algo de lo que sobró del almuerzo”, pensó. También era posible que alguno de sus amigos le regalara un pescado pequeño, o dos, y, para él, era suficiente hasta que pudiera salir al mar al día siguiente.
Descendió la loma con paso lento y cada cierto tramo alguien lo detuvo para saludarlo y, muchas veces, pedirle que le contara algún detalle de su aventura. “Después”, respondió siempre, en tono amable.
Entró por uno de los costados del restaurante y fue directo a la cocina. Había allí dos hombres sudorosos, trabajando cerca de los fogones. Se dirigió al de mayor edad.

¿Tú crees que el dueño me pueda fíar algo de lo que sobre del almuerzo? –preguntó después de los saludos.

Seguro, José, ahora eres un hombre famoso.

¿Famoso?

Sí, nunca nadie había hecho algo como tú – el hombre levantaba los brazos en señal de admiración.

Fue algo tremendo –aseguró el otro.
El viejo no hizo comentarios. Más bien, estaba comenzando a sentirse incómodo con los halagos.

No sirvió para nada –respondió.

¿No? Dicen que con lo que quedó de la cabeza había comida para un montón de gente –dijo el de mayor edad.

Creo que hoy no tendremos que fiarte nada –agregó.

¿Por qué?

Dicen que el americano está esperándote para invitarte a almorzar.

¿Cuál americano?

El del yate. Está allá adentro.

¿Y cómo sabe que vendría?

Alguien le dijo que vendrías por aquí si no habías muerto. Y, ese no es el pesca´o que te iba a matar –el hombre sonrió.
El dueño del restaurante entró a la cocina y fue directo hacia el anciano. Lo saludó con cariño.

Venga, José, que le quiero presentar a alguien que quiere conocerlo.
José no respondió inmediatamente. Estaba extrañado por tantas atenciones, sobre todo porque después de un mes de mala suerte en el mar, sus posibilidades de crédito ya eran nulas. Sin embargo, pensó que si alguien quería invitarlo a almorzar, era una oportunidad que no estaba en condiciones de rechazar, aunque fuera un extraño que nunca hubiera visto.

Okey –respondió finalmente.
Acompañó en silencio al dueño hacia el interior del restaurante. Era un local limpio y bien iluminado por la luz que penetraba por las ventanas y la amplia puerta de entrada. Dentro, sólo estaban una mujer y un hombre, sentados junto a una de las mesas más próximas a la barra. El hombre llevaba ropas deportivas, casi con descuido, pero la mujer estaba elegantemente vestida. Por encima del olor a pescado frito, el viejo percibió el delicado perfume que emanaba de la pareja.

Llevan mucho tiempo ahí –casi le susurró el dueño.
Al verlos entrar al pequeño salón, el hombre se incorporó y dio unos pasos, largos y firmes, para encontrarlos.

Este es el pescador –dijo el dueño a manera de presentación.

Mucho gusto –respondió el hombre, en un español lento, y le tendió la mano.
José sintió un poco de vergüenza de estar en aquel lugar, donde raramente entraba, vestido miserablemente y descalzo; sobre todo, ante la mirada de la mujer elegante. No obstante,
aceptó el saludo del hombre, quien le apretó la mano hasta provocarle dolor en las heridas causadas por los sedales en la lucha contra el gran pez, pero eso era algo que él podía soportar. Además, se dio cuenta, en la actitud del hombre, que había un profundo respeto en el gesto.
El norteamericano le invitó a sentarse e, incluso, el dueño le ayudó a acomodarse en la silla. En la mesa, la mujer elegante le sonrió, pero se mantuvo callada.

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¿Quiere tomar algo?

Bueno.
El dueño regresó con dos vasos con ron, jugo de limón, un poco de azúcar y hielo. José tomó de un solo golpe casi la mitad del líquido, convencido de que la bebida le ayudaría a vencer la timidez que le provocaba la presencia de la mujer. El hombre también tomó un largo sorbo.
La bebida fue, inicialmente, como algo filoso en el estómago vacío del anciano, pero luego le diseminó por el cuerpo una agradable sensación de calor.

¿No le molesta que le invite a almorzar? –preguntó luego
el hombre, en su castellano fragmentado.

Gracias, gracias, le respondió José, en tono de aceptación.
El norteamericano le hizo una señal con el brazo al dueño del restaurante. Luego, con mucha dificultad, logró explicar que mientras él almorzaba, haría un paseo por la playa, para observar el esqueleto del pez. Le pidió, además, que le esperara.
El viejo observó al hombre mientras trataba de explicarle su decisión. Al verlo sentado, pensó que tal vez no fuera tal alto y corpulento como le pareció cuando se estrecharon las manos; o, tal vez, era la sensación de que el mundo se iba haciendo más grande en la medida que él se encogía al paso de los años. Era como le ocurre a los niños, pero a la inversa: a ellos, las cosas le van tomando el tamaño natural mientras más crecen. No obstante, cuando se incorporó, el hombre alcanzó ante el viejo, sentado, toda su imponente dimensión.
El norteamericano le sonrió nuevamente y salió a la calle junto con la mujer.
El dueño y otro empleado le sirvieron al anciano una sopa de
pescado, con grandes trozos de carne blancuzca, un plato lleno de arroz blanco y una bandeja con dos grandes ruedas de aguja fritas. Luego, el dueño regresó con una cerveza.

Gracias –le dijo José con naturalidad.
El viejo comió lentamente; primero, la sopa, luego, el arroz, junto con pedazos de la aguja frita. Sólo al final probó la cerveza. Almorzó sin pensar en nada, aunque, desde lo hondo del corazón, le agradeció al hombre que le hubiera permitido comer solo.
José no recordaba alguna otra ocasión cuando hubiera comido tan copiosamente, ni siquiera en los días de Nochebuena, cuando su esposa decidía gastar todo cuanto tuvieran para darle un instante de felicidad y bienestar a la numerosa familia.
El dueño se acercó al anciano.

¿Satisfecho? –le preguntó sonriente.
José hizo un gesto de admiración, abriendo los brazos. “Estoy… uuf”, respondió.

Y ¿esto de dónde salió? –interrogó al dueño.

José, ese es un hombre famoso y ha escrito muchos libros. Y, el último, es sobre un viejo que pescaba solo, frente al pueblo, y le pasó algo parecido a lo que te pasó a ti.
El anciano se mantuvo callado un instante.

Ahora entiendo –dijo.

No, no es sólo eso. Es que dos o tres habían inventado que ellos eran el personaje del libro y eso había encabronado mucho al americano.

¡Ah!

Y cuando se enteró ayer de lo tuyo, quiso conocerte.

¿Y no está encabronao conmigo?

No, sólo está medio extrañado porque pasara algo parecido a lo que él había escrito.

¡Dime tú! –exclamó José.

No creas… Es un buen tipo.

Vaya que sí lo es.
El anciano recuperaba su ánimo en la medida que la masiva inyección de nutrientes se expandía por su cuerpo. No obstante, cuando el norteamericano y la mujer regresaron, el dormía profundamente, bañado en sudor, en la misma silla donde lo habían dejado.
La pareja se encaminó a la barra y el hombre pidió otro trago. Sólo se interesó en saber si el anciano había comido bien. Después, se mantuvo callado, como si meditara, mientras bebía despaciosamente.
El ligero ruido de los vasos despertó a José. Sobresaltado, miró a su alrededor, hasta descubrir a la pareja. Al principio, sintió un poco de vergüenza por haberse quedado dormido y se incorporó para desperezarse de la pesada digestión.
El hombre también se levanto y, con el vaso en la mano, se encaminó hacia él. La mujer le siguió después. Tras intercambiar saludos, los tres se sentaron en silencio.
El dueño le trajo otro trago al anciano. El, sin vacilar, lo bebió en dos largos sorbos. El empleado le sirvió otro vaso. El norteamericano, en tanto, lo observaba a intervalos, sin pronunciar palabra.

Usted no me conoce –dijo, al cuarto trago.
El anciano no pudo determinar si se trataba de una afirmación o una pregunta.

No –respondió, sin embargo-; pero le estoy muy agradecido por la invitación.
La bebida le había eliminado sus cohibiciones y, de pronto, comenzó a sentirse alegre.

Yo –siguió el norteamericano- escribí una historia muy parecida a lo que le pasó a usted.
El trabajoso español del hombre obligaba a José a dedicarle mucha atención para poder entender cuánto decía.
-… pero su pez no es tan grande como el descrito por mi, aunque es muy grande…

El más grande que yo haya visto –agregó José.

Sí, es cierto –respondió el norteamericano.
Ambos se mantuvieron callados y cada cierto tiempo probaban el licor.

Cuénteme su historia –pidió el norteamericano al rato-. Algo parecido sucedió en 1936, pero frente a Cabañas, por Pinar del Río –añadió.
José sonrió, medio embriagado ya. Sin poder entender a ciencia cierta el interés de su interlocutor, sintió orgullo por poder tener algo que aquel hombre, rico e importante, no había podido tener. Ese pensamiento y la bebida lo hicieron sentirse fuerte, como en sus años mozos.

Aquel día –comenzó su relato- yo me alejé bien temprano de la costa, todo lo que pude, buscando las buenas agujas… Y no demoró mucho para que él (no se percató de la forma respetuosa con la cual se estaba refiriendo al pez) mordiera mis carnadas.
Dejó que el norteamericano asimilara su explicación.

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Desde el principio me di cuenta que era enorme. ¡Fíjese que arrastraba el bote!
El hombre le sonrió, comprensivo.

Me tomó más de un día cogerlo y ni siquiera pude subirlo al bote, por eso tuve que amarrarlo a un costa’o…
El anciano guardó silencio casi un minuto, como si ordenara sus ideas.

Después -prosiguió- la propia sangre de él trajo a esos hijos de puta…
El hombre se dio cuenta de la amargura con que había pronunciado el viejo las últimas palabras, pero se mantuvo callado.

… los tiburones -precisó José, creyendo que el norteamericano no le había entendido.

Me fajé con ellos hasta que se fueron llevando, con ellos, al fondo del mar, mi arpón, mi bichero y cuanto palo tenía en el bote…
El rostro de José había adoptado una expresión sombría.

…hijos de puta -maldijo el anciano, en voz queda.

Perdón -se disculpó casi de inmediato, al ver el rostro de la mujer, quien se había mantenido en silencio y, probablemente, sin entender palabra, según creyó el anciano.
Los tres quedaron en silencio unos minutos. El dueño acercó nuevos vasos, pero José rechazó el suyo. “Ya estoy medio borracho y no puedo después vomitar todo esto que he comido”, le explicó al propietario del lugar, tratando de que el norteamericano no se diera cuenta de su gesto.
El viejo creyó que el norteamericano meditaba en torno al relato que le había hecho. Lo había escuchado con mucha atención y sin interrumpirlo, a pesar de la forma lacónica empleada por el anciano para contar su aventura.

¡¿Sabe una cosa!? -preguntó José y de golpe agregó: Anoche pensé que no debí matarlo.

¡Anjá! -había algo de asombro en la expresión del hombre.

¿Por qué no lo hizo? -preguntó.

No sé, tal vez por orgullo y seguro por necesidad… Soy pobre, ¿sabe?

Sí, lo sé.

Bueno -el viejo sonrió con picardía-, si lo hubiese soltado nadie me lo hubiera creído después…

Seguro -el hombre sonrió también.
José se quedó callado casi un minuto, como meditando.

¿Sabe algo? -preguntó-. En este mundo, un hombre vale por lo que tiene o por lo que los demás saben que hizo. Seguro no es justo, pero es así.
El hombre quedó callado, como meditando la afirmación del viejo, hasta percatarse de la profundidad del pensamiento expresado por este.

Sí, es una gran verdad -aseguró.
El norteamericano guardó un silencio breve.

De todas formas, fue muy valiente lo que hizo -le dijo al anciano, mirándolo fijamente.

Le agradezco mucho que haya peleado así, hasta el final -agregó, en un tono cuya solemnidad era fácil de adivinar en su trabajoso español.
El norteamericano se levantó y le tendió la mano al viejo. José se paró también y dejó que el hombre le apretara la mano hasta provocarle dolor.

Nos volveremos a ver -afirmó el hombre.

Seguro -respondió José.
Después de hacerle un gesto al dueño, el hombre salió a la calle junto a la mujer y se marcharon en un auto.
El anciano se encaminó a la acera para verlos partir. En ese momento volvió a pensar en el gran pez. Lo imaginó,
nuevamente, mientras emergía su cuerpo poderoso desde lo hondo de las aguas. “Gracias, muchas gracias”, dijo en alta voz, mientras recordaba al animal.
La madrugada siguiente se levantó con un fuerte dolor de cabeza y una gran pesadez en el estómago y el resto del cuerpo, pero con ánimos para salir a pescar otra vez. Sólo en ese momento se percató de que su esposa había regresado. “No vas a salir así”, protestó la mujer, pero él continuó con sus preparativos, sin hacerle caso.
Mientras él recogía los carretes, un viejo garrote, un machete, los cordeles y los remos, ella le preparó café.

Toma, te colé un poquito con lo que quedaba -dijo y le alcanzó un jarro con el líquido caliente.
Él lo tomó en dos sorbos.

Gracias -le expresó con cariño a su esposa.

Hoy será un buen día, ya verás -añadió.
En la oscuridad de la playita preparó en silencio el bote y aguardó casi media hora por otros pescadores. Uno de ellos le regaló parte de sus carnadas antes de partir.
Ese día regresó a media tarde. El anciano venía contento y su alegría iba en aumento cada vez que miraba el fondo del bote, donde había colocado los cinco dorados y la aguja capturados durante la jornada.
Cuando iba a mitad de la bahía fue cuando se dio cuenta de la presencia del hombre y la mujer en el muelle, a unos metros del yate. Aseguró los remos, se puso de pie y cuando se percató que ellos lo miraban, les hizo un gesto de saludo con el brazo derecho.

Esta vez los podré invitar yo, aunque sea a una cerveza -afirmó en alta voz, en medio de la bahía.
En el muelle, la pareja le devolvió el saludo levantando también sus brazos.

Es curioso como la literatura puede hacerse realidad en ocasiones -dijo la mujer.
El hombre hizo un gesto indefinible.

¿Sabes una cosa? En ese libro hay muchas verdades, pero una es más importante que todas las otras.
La mujer volvió el rostro hacia el hombre.

¿Cuál? -le preguntó.

Esa, cuando el viejo, en medio de las dificultades, se dice a sí mismo que el hombre no está hecho para la derrota… “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado” -citó.

Sí, es una frase hermosa -aseguró la mujer.
Los dos dirigieron la mirada al anciano, quien remaba con fuerza en el centro de la bahía.

Y cierta -añadió el hombre, casi para sí.
FIN

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